| Los encinares mexicanos frente al cambio ambiental |
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La Crónica de Hoy/ 29 de junio de 2012
Ernesto I. Badano*
http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=672327
Las consecuencias de las actividades humanas sobre la biosfera se resumen hoy en un solo fenómeno: el Cambio Ambiental Global. Este fenómeno suele asociarse con su contribuyente más conocido, los gases de efecto invernadero, pero hay factores aún más relevantes que aportan a este cambio. La conversión de hábitats naturales en matrices de origen antrópico es el principal responsable del cambio biótico y climático que atraviesa el planeta. Estos cambios en el uso de la tierra ocurren cuando los ecosistemas naturales son removidos y remplazados por matrices de origen antrópico, como campos para el desarrollo de actividades agropecuarias. A nivel mundial, los bosques se encuentran dentro de los ecosistemas más extensamente afectados por estos cambios, y nuestro país no es la excepción.
México todavía es un país forestal por excelencia, con más del 33% de su superficie cubierta por bosques y selvas. Estos ecosistemas son altamente relevantes para nuestra subsistencia y actúan, por ejemplo, como sumideros de carbono que depuran la atmósfera y mitigan el impacto del efecto invernadero. Entre los componentes más abundantes y carismáticos de los bosques mexicanos están los encinos (Familia Fagaceae, genero Quercus). Aunque estos árboles están presentes en todo el hemisferio norte, un análisis reciente indica que hay 161 especies de encinos, de las cuales 109 solo están presentes en México. Esto nos posiciona como el país con la mayor diversidad de encinos en el mundo.
Nuestros encinos tienen un alto valor social y cultural para la población rural e indígena del país, siendo fuente de recursos maderables, alimentos y medicinas tradicionales. Inclusive, gran parte de los asentamientos humanos en la zona central del país dependen de los servicios ambientales que brindan los bosques de encino, esencialmente la captura, retención y provisión de agua dulce.
Si consideramos solamente aquellos bosques donde los encinos constituyen un elemento conspicuo de la vegetación, la cobertura de estos ecosistemas supera el 18% de la superficie del país, que equivale a más de 35 millones de hectáreas. Sin embargo, la extensión de estos bosques era mucho mayor en el pasado. La historia del deterioro de los encinares está bien documentada en la memoria oral de los pueblos rurales mexicanos, la cual se ha transmitido entre generaciones y se remonta cuatro siglos atrás.
Desde épocas posteriores a La Conquista, y durante más de 300 años, la madera de los encinos fue utilizada como leña y carbón para alimentar las fundiciones de las minas que extraían metales preciosos. Durante el último siglo, la constante expansión de la frontera agropecuaria condujo al remplazo de extensas superficies boscosas por campos de cultivo y pastoreo. Esto causó una fuerte degradación de nuestros encinares, lo que amenaza su integridad funcional y su capacidad para seguir proveyéndonos de servicios ambientales.
¿Es reversible este escenario? La respuesta a esta pregunta es compleja debido a la gran cantidad de actores involucrados y la inminente necesidad de un cambio en la mentalidad política del país en materia ambiental. La recuperación de bosques requiere de programas de restauración ecológica eficientes, donde restaurar signifique mucho más que simplemente plantar árboles. La restauración ecológica tiene por objeto acelerar, asistir y/o mediar las condiciones necesarias para recuperar ecosistemas degradados. Entonces, los planes de restauración forestal debieran incluir acciones certeras al corto, mediano y largo plazo que conduzcan incrementar la funcionalidad de los bosques. Sin embargo, alcanzar esta meta requiere redefinirlos objetivos de los actuales programas de recuperación forestal.
En primer lugar, llama la atención que muchos de estos planes se desarrollen con especies que no corresponden a la vegetación original de los sitios que son objeto de la restauración. Es común que las campañas de reforestación para sitios donde originalmente hubo encinares se conduzcan con pinos u otras coníferas. Esta introducción de especies alóctonas puede conducir a una degradación aún mayor del sitio, en vez de contribuir a recuperar su funcionalidad y sus servicios ambientales asociados. Sin embargo, la falta de un sistema de monitoreo constante y a largo plazo no permite realizar un análisis detallado de las consecuencias de estos programas de reforestación sobre el ambiente, lo cual sería crucial para evaluar la magnitud de sus impactos.
En segundo lugar, debe destacarse la baja inversión realizada en materia de investigación científica destinada al desarrollo de metodologías apropiadas para la restauración forestal. Las reforestaciones en México usualmente se realizan utilizando el método de trasplante masivo, que implica introducir entre 800 y 1,500 individuos/ha de una dada especie forestal en la zona afectada. Sin embargo, es común observar una elevada mortandad de individuos después de realizados los trasplantes, lo cual podría evitarse si se invirtieran más recursos en investigar cuáles especies nativas son adecuadas para cada sitio y en determinar sus requerimientos ecológicos para establecerse en el campo. Evidentemente, esto incrementaría el éxito de las campañas forestales y optimizaría el uso de los recursos económicos asignados para tales fines.
Finalmente, el país requiere despolitizar las campañas de conservación y recuperación forestal, e incrementar el nivel participación ciudadana en las mismas. Los financiamientos para el desarrollo de programas forestales actualmente apuntan a sustentar el desarrollo económico de la población rural del país, más que a la recuperación exitosa de bosques. Además, la mayor parte de la población urbana desconoce que su calidad de vida depende, en gran parte, de los servicios ambientales provistos por los bosques, por lo que no se dimensionan las consecuencias asociadas a la pérdida de estos ecosistemas. La recuperación exitosa de nuestros bosques requiere entonces de acciones políticas concretas y urgentes. Primeramente, debieran replantearse las finalidades de los programas forestales, separando a las agencias involucradas en la recuperación de bosques de la responsabilidad de solucionar las demandas sociales y económicas de la población rural, lo cual compete a otras agencias de aplicación. Al mismo tiempo, debe elevarse el nivel de educación ambiental de la población, de manera que esta se involucre activa y directamente la recuperación de nuestros bosques.
Lo anterior lleva a concluir que la restauración de sus encinares es una prioridad para el país. Esto se debe al elevado valor estético y cultural de estos ecosistemas, y a la fuerte dependencia que existe entre nuestras actividades y los servicios ambientales que ellos nos prestan. Sin embargo, lograr una restauración forestal exitosa no es proceso inmediato. Evidentemente no disponemos de siglos para resolver este problema si aspiramos a solucionar las actuales demandas de servicios ambientales de la población, pero debemos considerar que los bosques no son entidades políticas que respondan en periodos comprendidos por sexenios. Así, el país requiere establecer una política forestal clara donde el desarrollo de los programas de restauración o sean influidos por la sucesión de periodos político-administrativos.
* División de Ciencias Ambientales, Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica, Camino a la Presa San José 2055, Colonia Lomas 4ta Sección, C.P. 78216, San Luis Potosí, S.L.P., México. E-mail:
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